Por: Freddie Montes (@FreddieMontes)
“Esta película no pretende despertar pasiones juzgadas ya por la Historia. Esta Hora Crítica de América es solo un mensaje de rebeldía a la esclavitud y de amor a la libertad, bajo una bandera siempre pre sagrada: la de una patria libre”

Era 1942, la industria fílmica mexicana, puesta en marcha de manera oficial apenas cuatro años atrás bajo el régimen cardenista, venía saliendo, por increíble que parezca, de la primera crisis de su historia, y a la par, sin saberlo, ya conformaba los primeros años de la Época de Oro del Cine Nacional. Fueron varios factores los responsables del repunte de nuestra industria, todos íntimamente conectados con el conflicto bélico que tenía lugar en ese momento y que, lógicamente, marcaba la agenda mundial.
Todo comienza con la creación de la División de Cine de la OCAIA, un organismo del gobierno estadounidense dedicado a estimular y patrocinar la producción de películas de carácter bélico a lo largo del continente con la finalidad de promover el uso de propaganda e ideología que aumentara la idea de la “fraternidad panamericana”, contrarrestando así lo hecho por los gobiernos alemanes e italianos. Hay que decir que de todas las industrias fílmicas en las que buscaron adentrarse, la única que terminó recibiendo ayuda fue la mexicana.
Cierto es que poco antes de las medidas tomadas por la OCAIA algunos cineastas mexicanos como Miguel Contreras Torres, Chano Urueta y un debutante Emilio Fernández ya habían adoptado, por cuenta propia, elementos del cine propagandístico, patriota y panamericanista que se hacía en el vecino país del norte. Así mismo, en 1942, la creación del Banco Nacional Cinematográfico y la intensa producción de filmes bélicos por parte de Hollywood terminaron por darle el último empujón a nuestra naciente industria a lo que sería la mejor época de su existencia.

En medio de todos estos hechos, ocurrió uno aún más particular, el cual nos lleva directamente a la cinta hoy comentada. El 13 de mayo de 1942, un submarino nazi hundió el buque petrolero mexicano conocido como el Potrero del Llano. El gobierno nacional, que hasta ese entonces se había mantenido oficialmente neutral ante el conflicto, anunció que adoptaría medidas extraordinarias para exigir el honor nacional si no recibía una satisfacción completa por parte del país responsable. México sí recibió una respuesta, pero no en el sentido deseado, ya que siete días después del primer atentado otro buque petrolero fue hundido por un torpedo alemán. Ante esto, México, bajo el mandato de Manuel Ávila Camacho, dejó a un lado la neutralidad simulada y le declaró la guerra a las potencias del eje, entrando oficialmente a la Segunda Guerra Mundial.
Esto llevó a que el titular del ejecutivo federal pusiera en marcha toda la maquinaria propagandística de la industria fílmica nacional para enaltecer el concepto de “unidad nacional” frente a una posible agresión extranjera. De aquí se derivan varios títulos importantes como ‘El padre Morelos’, ‘Mexicanos al grito de guerra’, ‘Almas de bronce’ y ‘Soy puro mexicano’, entre muchos otros. Pero hubo uno que vio la luz precisamente en 1942 que además de sumarse al discurso nacionalista también se sumó a línea del resurgir religioso que buscaba el mismo gobierno: ‘La virgen que forjó una patria’.
Dirigida por el duranguense Julio Bracho y escrita por él mismo junto a René Capistrán Garza, ‘La virgen que forjó una patria’ nos cuenta de manera entrelazada tres momentos específicos en la historia del territorio en el que hoy se encuentra México (recordando que México nace hasta 1821). Vemos a Miguel Hidalgo, horas antes del Grito de Independencia, convenciendo al General Allende sobre porqué la Virgen de Guadalupe debe ser el estandarte del movimiento insurgente. Esta tarea de convencimiento es acompañada por un relato en el que se narran los primeros años posteriores a La Conquista, así como la visión de Juan Diego sobre sus encuentros con la virgen morena en el Cerro del Tepeyac.

Su servidor es tan poco creyente de cualquier religión como de la historia oficial de nuestro país, esa que está en los libros de la SEP. Pero, me guste o no, es innegable que México, mi México, es una nación fielmente guadalupana que entiende a Miguel Hidalgo como su padre de la patria y héroe de la independencia. Es por esto que me pareció oportuno habar sobre esta cinta en estas fechas patrias, sobre todo porque es una buena radiografía de lo que somos y un buen documento fílmico que nos ayuda a comprender por qué somos como somos.
Es claro que esta obra está llena de libertades creativas en cuanto a los hechos que narra, a final de cuentas no deja de ser una ficción propagandística, pero su valor no está en la veracidad de lo que relata, sino en cómo une cada uno de estos importantes acontecimientos, ¿Qué tiene que ver la conquista con la aparición de la virgen? ¿Qué tienen que ver estos dos sucesos con el movimiento de independencia? Todo esto se responde, a su modo, en este filme.
Ningún diálogo o escena en alguno de los tres momentos es gratuito, todo busca explicar un poco el ser del mexicano, traumas y valores, desde el ámbito religioso y cultural hasta el revolucionario. Cada momento histórico cumple con lo que se propone desde un inicio, que la audiencia se enaltezca de su patria, de lo que es, de lo que cree y, por supuesto, de su necesaria independencia. Y es que esta historia trata de mostrarnos que el mexicano (dicho así aunque en ese entonces no existían los mexicanos) ha tenido, tiene y debe tener la misma esencia desde sus inicios.

Todo lo anterior está acompañado de las bellas imágenes del genio de la fotografía mexicana Gabriel Figueroa, así como de los para entonces revolucionarios arreglos musicales de Miguel Bernal Jiménez.
Pero el mayor valor de esta cinta son sus actuaciones. Como Don Miguel Hidalgo y Costilla tenemos a un gran Julio Villarreal, con todo y que sea sumamente irónico que se trate de un actor español; el Capitán Allende es el mismísimo Ernesto Alonso en uno de sus primeros trabajos, desde entonces era notorio el enorme talento de este hombre. Del lado de las historias pasadas tenemos a Ramón Novarro, mexicano cuyo brillo en Hollywood le alcanzó para ser el primer Ben-Hur del cine, interpretando a Juan Diego, evidentemente todo su personaje está armado con los clichés del indito mexicano, pero dentro de lo que le exige el guion y el director cumple a la perfección, este interprete es capaz de recorre todo tipo de emociones sin dejar de ser el indígena abusado que proyecta ternura, nobleza e inocencia. También brillan actores como Domingo Soler, Paco Fuentes, Gloria Marín y Alberto Galán.

‘La virgen que forjó una patria’ es un documento fílmico alejado de la realidad que cumple perfectamente con los conceptos que busca transmitirle a los mexicanos: la unión nacional, el amor a la patria, la importancia de la religión y la sensación de que la soberanía se debe defender a toda costa. Tampoco es perfecta cinematográficamente hablando, y por supuesto que no ha envejecido del todo bien, pero sus actuaciones son magníficas, y visual y narrativamente es bastante cumplidora. Obligada para esta época.
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