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Whiplash: La baqueta metálica

Foto del escritor: Osvaldo EscalanteOsvaldo Escalante

Por: Osvaldo Escalante (@OsvaEsc)


Para hablar de mis películas favoritas, es siempre necesario recurrir a aquellas cintas donde sus personajes sean, a mayor o menos medida, una extensión de mí.



Whiplash es una cinta escrita y dirigida por Damien Chazelle y protagonizada por Miles Teller, J.K. Simmons y Melissa Benoist. La película nos cuenta la historia de Andrew, un joven y prometedor baterista que deberá enfrentar a un estricto y riguroso maestro de música, en busca de trascender en su carrera.


Cuando en 2013 el director nacido en Rhode Island, Estados Unidos, presentó en el Festival de Sundance un cortometraje titulado Whiplash y obtuvo tan buen recibimiento que consiguió financiamiento para realizar el largometraje, se sabía que estábamos ante una prometedora historia de obsesión, música y confrontación a todos los niveles posibles.


Más allá de centrarse única y exclusivamente en la música, Chazelle logra en Whiplash un interesante estudio de personajes que son siempre acompañados por acordes musicales. A veces por la partitura de la banda sonora, pero siempre gracias al atrevido montaje y fotografía que se utiliza para engrandecer la calidad del filme. El ritmo -nunca mejor dicho- de esta cinta es espectacular, pues pareciera que estamos dentro de una orquesta que está a punto de hacer la presentación de sus vidas. Dinamismo, desafío, dificultad, ansiedad, nervios. Eso y más se respira en cada plano que Chazelle nos regala.


El montaje de las portentosas imágenes, repito, van siempre acorde de las notas musicales que suenan en el fondo. Ya sea para darle un ritmo trepidante que se traslada a un mejor y atractivo desarrollo de la historia, o para jugar con los propios pensamientos de los personajes. Pónganse a revisar la secuencia en donde Andrew va camino a la presentación de la banda, ¿qué suena? Una muy apabullante banda sonora llena de sobresaltos y atropellos en las notas, en el volumen, mientras al mismo tiempo somos testigos de cómo Andrew choca su carro y todo se le viene abajo.



La fascinante y tambaleante vida que lleva Andrew en el conservatorio, así como la relación con su pareja, están siempre en la misma línea que la técnica y los atributos cinematográficos que Chazelle y su equipo le muestran al mundo. Recordando siempre que el director estadounidense optó -en su mayoría- por planos muy cerrados de los objetos, instrumentos musicales, o rostros de los personajes, es que logramos sentir el mismo conflicto interno y externo que Andrew desarrolla durante toda la película. Esas miradas cara a cara entre Andrew y Fletcher, con el sudor cayendo de sus frentes mientras están a punto de explotar al nivel de aventarse con una silla por no tocar a tiempo una nota, son las pruebas de que Whiplash no va sobre la música per se. Whiplash va sobre la necesidad del humano de querer progresar; de no quedarse estancado en un mismo punto durante mucho tiempo, pues siente que el mundo pasa a su alrededor y él no trasciende. Whiplash habla sobre cómo la superación se puede convertir en una trágica obsesión que terminará ahuyentando a todas las personas que te rodean. A veces por un egoísmo nato, o a veces porque no aportan nada en tu vida. Sea cual sea el caso, Andrew es el claro ejemplo de que hay momentos en donde te sientes fuera de eje; donde hasta tu propia familia te mira hacia abajo. Donde en un círculo social en el que todos triunfan en las ciencias o los deportes, la música (el arte) no está bien visto: no es una victoria.


Esa obsesión queda también muy bien reflejada en su difícil relación con Fletcher: dura, sufrida, pero llena de pasión, una pasión explosiva con un zenit inmejorable. Y ese final, uno de los mejores, sin lugar a dudas. No hay diálogos, sólo dos hombres que utilizan la mirada y sus manos para comunicarse al ritmo de la música. Que aún y cuando ya han sido golpeados y masacrados el uno al otro, siempre tuvieron un objetivo en común y que, ahora, están a punto de lograrlo. 30 minutos inmejorables en donde somos los halcones de una fantástica banda llena de explosión y contrastes.


Taquicardia, sudor y una extraña sensación de haber pasado más de 5 horas sentados en el asiento, en el buen sentido, es el último sentir que nos deja Whiplash.



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